en qué piensa un niño tras un desastre

Hemos visto en el apartado anterior cómo la psicología llega a ocuparse de la atención a niños aquejados de algunos síntomas propios del estrés postraumático. Ahora vamos a detallar cómo pueden transcurrir las cogniciones de un menor en esta situación. Vamos a ponernos bajo el supuesto que nos halláramos en el peor de los casos. Vamos a imaginar que debemos atender a un niño o a una niña que ha estado involucrado en una situación crítica, bien sea un accidente de coche bien sea un terremoto o una inundación. Supongamos que ha habido pérdidas económicas o materiales severas: el coche destrozado o la casa perdida, por ejemplo. Además, independientemente de que lo haya visto o no, uno de los progenitores, el padre o la madre, ha fallecido.
Para comenzar es clave afirmar que el hecho de que en las películas de dibujos animados los personajes fallecidos se aparezcan como fantasmas no ayuda en exceso en la aceptación de la pérdida. Puede ocurrir que el menor espere volver a ver a la persona fallecida y que así lo haga saber. Por este motivo lo mejor es no mentir y ser claro. Si el cónyuge superviviente se encuentra con ánimo debe abrazarle, ser cariñoso y con palabras adecuadas decirle la verdad.
Se debe desechar la idea de que los niños pequeños no entienden las explicaciones de los adultos, o que no se entristecen ante la desgracia. Sabemos hace tiempo que perfectamente pueden presentar un cuadro de depresión. La depresión infantil es una realidad.
A estas alturas cabe preguntarse en qué se diferencia la pena del menor de la del adulto. Para responder es necesario reflexionar acerca del aprendizaje que los mayores hemos tenido con el paso del tiempo sobre la muerte de otros seres cercanos. Los adultos tienen un sentido del futuro que los niños, con matizaciones dependiendo de las edades que tengan, en general no han desarrollado.
Además, podemos buscar una red de ayuda en la que ser oídos y comprendidos: asociaciones, amigos, profesionales de la salud, etc. Los niños, no. Sus reacciones a la pena son muy diversas. Sensaciones de abandono, de culpa, de vulnerabilidad son algunas de las características más visibles. Otras respuestas pueden ser: carencia de concentración, insomnio, irritabilidad, ansiedad de la separación o la creación de fantasías para explicar la desaparición de la persona muerta, por ejemplo, que se ha ido de viaje enfadada y que volverá algún día.
A partir de los siete años suelen estar interesados en la información concreta, específica, apoyada en ejemplos verdaderos. Una explicación cuidadosa de las causas de una muerte o una enfermedad, que haga referencia a factores externos a la persona, es preferible a una explicación sentimental y romántica. No cabe duda, evidentemente, de que ésta es una prueba a menudo difícil de afrontar para los miembros de la familia.
En general, para la mayoría de los niños los síntomas de nerviosismo y ansiedad se resolverán en unas semanas, sin embargo, habrá otros que presenten una reacción más intensa y prolongada. Los niños que anteriormente ya habían experimentado pérdidas traumáticas pueden también experimentar más dificultades y mayor predisposición a la exacerbación de los síntomas como respuesta a los acontecimientos. Si la ansiedad es persistente, así como las dificultades en el sueño, o aparecen pensamientos o miedos obsesivos, o problemas persistentes en la escuela, es aconsejable la visita a la consulta de un profesional de la salud mental.

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