piensan los niños en la muerte?

“La muerte es para mí dormir y no despertar nunca en carne y hueso”.

Esta es la contundente respuesta que un niño de diez años me dio cuando le pregunté acerca de lo que creía que significaba morir. Esta profundidad expresiva la encontré en muchos de los menores entrevistados, lo que revela que no son ajenos a las cuestiones que muchas veces los adultos nos planteamos acerca de cuál es el sentido de la vida, del dolor y del fin de la existencia.
Esta sociedad, que no tolera el más mínimo sufrimiento, cree equivocadamente que nuestros hijos deben estar inmersos en burbujas asépticas que los salvaguarden de cualquier congoja o malestar. Por esta sinrazón no se habla con ellos de la muerte del abuelo, o no se le permite asistir al entierro de un amigo y, mucho menos, al velatorio del padre o la madre.
Con esta actitud, no se comparten en familia las lágrimas. Es más, se espera el momento en que el niño no esté presente para llorar o hablar del difunto. Si en esta última situación, de forma casual, el niño entra súbitamente en la habitación, los adultos cambian de tema, pensando que el niño, precisamente por el hecho de ser niño, no entiende ni siente. Pero, nada más lejos de la realidad.
Los niños no poseen, es cierto, la visión del mundo de un adulto pero sí son capaces de construir sus propias teorías acerca de las causas que lo mueven e impulsan. No lo comprenden todo pero ante sus lagunas dan sus propias respuestas con la información que han adquirido a través de sus familiares, del colegio, de la televisión… Por ello es tan peligroso afirmar frases que enmascaran la realidad, como que “papá se ha quedado dormido”, porque en estas circunstancias quizás estemos dando vía libre a una fobia que puede manifestarse, en el ejemplo citado, al ir a la cama a dormir.
Se cometen muchos errores a la hora de plantear el hecho de la muerte a los niños. Errores que se multiplican cuando la pérdida les afecta muy directamente. Así, es común que mientras el resto de la familia y otros allegados saben, por ejemplo, que el hermano de la pequeña Miriam ha fallecido, ella juegue ignorante en casa de unos amigos mientras no acierta a explicarse por qué todo el mundo la mira y llora. Y esto sucede en el mejor de los casos, pues a veces termina enterándose por otros conductos que no son los más adecuados.
Esto ocurre entre otras causas porque la sociedad del siglo XXI como continuación del último cuarto de siglo anterior, ha transformado las vivencias relacionadas con el duelo. No tenemos más que preguntarles a nuestros abuelos y abuelas acerca de esta cuestión para comprobar que ha habido un cambio cualitativo en la forma de acompañar a la familia en los ritos de paso más difíciles, o en cómo los vecinos han arropado tradicionalmente a los dolientes más allá de las horas del velatorio o del entierro. Así, iban a la casa del difunto y hacían las veces de familia extensa configurando una red de apoyos que no desaparecía a los pocos días. Todo lo contrario de lo que se constata en la actualidad. Este cambio ha traído como primera consecuencia directa que la persona que ha sufrido la pérdida de un ser querido se encuentre sola a los pocos días, así como que carezca de grupos que faciliten la vuelta a la normalización de su existencia.
En el contexto tan significativo de la muerte violenta, esta es una de las quejas que realizan con mayor reiteración los familiares de las víctimas del terrorismo. Es decir, que el apoyo desplegado en torno a ellos, por parte de los políticos, amigos, familiares, vecinos, la prensa, etc, desaparece apenas unos días después de producido el hecho, dejándolos totalmente solos, como si realmente no hubiese cambiado nada, sin ver que las cargas se multiplican para el superviviente al tiempo que sus recursos de afrontamiento han disminuido.

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