(Trabajo publicado en la revista colombiana “Suma Psicología”, vol. 6, nº 1, 1999 (pp. 103-110)

Autor: Juan Manuel Fernández Millán

Resumen:

   En el presente trabajo se expone de forma diacrónica las diferentes intervenciones que el equipo de psicólogos formado por la Consejería de Bienestar Social de Melilla realizó durante el apoyo a las familias de las víctimas del accidente aéreo del avión en el trayecto Málaga-Melilla el 25 de septiembre de 1998.
   La intención de este trabajo descriptivo es mostrar las principales tareas a las que se enfrenta el psicólogo y las habilidades que debe desarrollar en este tipo de intervención, así como las manifestaciones patológicas que aparecen en los afectados.
   La falta de supervivientes y la asignación a los psicólogos de Cruz Roja del apoyo psicológico de los técnicos de salvamento, hace que el trabajo que aquí se expone se limite a la intervención con familiares de víctimas.

Palabras claves: apoyo psicológico, catástrofe.

Situación temporo-espacial de la catástrofe:
  
   El 25 de septiembre de 1998 el vuelo que provenía de Málaga se estrella en una loma del Cabo Tres Forcas, cerca de su destino: el aeropuerto de Melilla. Dado que el accidente se produce en otro país y que la zona apenas tiene caminos de tierra, el acceso al lugar se hace difícil y las noticias son confusas (¿accidente con/sin supervivientes, caída al mar, atentado…?). Al ser una ciudad pequeña, en menos de una hora se propagan diferentes rumores por Melilla.
   La población de Melilla, tal como ya apunté en un anterior trabajo sobre la catástrofe producida por la rotura de los depósitos de agua de la ciudad en noviembre de 1997 (Fernández-Millán, 1999) cuenta con una “preparación  psicológica” frente a las catástrofes dado el historial que ésta ha padecido a lo largo de este siglo.
   Una característica que diferencia a esta intervención de otras es que teniendo lugar en un país (Marruecos), el reconocimiento de cadáveres y la recepción de los familiares, se realiza en otro país (España) debido a factores geográficos, políticos y de recursos. Por ello la actuación, siguiendo a Crocq (1989) se limitó a la zona exterior a la catástrofe, desplazándose a ella el impacto psicológico.
Otro aspecto que sería conveniente estudiar es la repercusión psicológica hacia los vuelos que provocó este accidente teniendo en cuenta que la población de esta ciudad se ve condenada al uso del avión con una gran frecuencia, ya que, junto al transporte marítimo, es su lazo de unión a la península. Esto ha llevado a que personas que, posteriormente al accidente, presentaron un aumento de temor a usar el avión, no tuviesen más remedio que exponerse a este estímulo ansiógeno de una forma incontrolada.

Apoyo psicológico de los familiares de víctimas del accidente:
   Dado que en el accidente aéreo no hubo supervivientes, el trabajo de los psicólogos que intervinimos en esta situación de emergencia, se centró en el apoyo a los profesionales que actuaron en la localización y transporte de los cadáveres (a ello se dedicó un grupo de psicólogos de Cruz Roja) y a ayudar a los familiares de las víctimas a lo largo de la fase de reacción (Crocq, 1989) en la que aparecieron numerosas manifestaciones de trastornos psicológicos.
   Una vez formado el grupo de actuación, escasas horas de confirmarse el accidente, se asignaron diferentes tareas, basándonos en la experiencia de la actuación en la rotura del deposito de agua del año anterior. De esta forma los trabajadores sociales se dedicaron, por un lado a recoger información sobre la confirmación de la identidad de cadáveres y la posible existencia de supervivientes y, por otro, a facilitar el desplazamiento desde el aeropuerto a la ciudad, proporcionar alojamiento y cubrir las necesidades primarias de los familiares de las víctimas, tal como se aconseja en los trabajos sobre el tema (Fernández-Millán, en 1999; Giménez-Torralba, 1996).
 En un primer momento se formaron dos grupos de psicólogos y trabajadores sociales que se desplazaron a las dos zonas de apoyo: la sala de autopsias improvisada que se habilitó en locales del puerto y donde empezaron a acudir familiares que vivían en la ciudad; y el aeropuerto donde se produjo la recepción de aquellos  familiares que provenían de la península e iban llegando en diferentes vuelos.

Recepción de familiares en el aeropuerto:
   La primera medida a adoptar fue la habilitación de una zona en el aeropuerto donde recibir y proporcionar información a estos familiares. La información que se aportó en esos momentos fue:
– Presentación: Comenzamos indicando quienes somos y en nombre de que organismo actuaba. Aclarando lo que podíamos hacer por ello y dejando claro que nos tenían a su disposición.
– Pésame y empatía: escuchándoles y comprendiendo sus sentimientos que en estos momentos pueden llegar a ser de ira, desacuerdo, crítica o búsqueda de culpables.
– Información sobre las labores de rescate y confirmar la lista de pasajeros que viajaban en el avión siniestrado. Sin duda este aspecto fue el más importante para los familiares ya que era lo que más le preocupaba. Intentamos huir de rumores y de dos extremos peligrosos: las falsas esperanzas y el catastrofismo, limitándonos a la información oficial. En los casos de duda rogamos que esperasen a nuevas noticias.
– CONFIRMAR LA AUSENCIA DE SUPERVIVIENTES.
– Información sobre los lugares donde podrían recibir más información. Posteriormente a nuestra actuación en un drebriefing (Duch, Fortuño y Lacambra, 1997; Parada, 1996) coincidimos en que hubiese sido interesante distribuir un esquema de la ciudad indicando estos lugares (Ayuntamiento, Consejería de Bienestar Social, Delegación del Gobierno, Tanatorio provisional, etc.).
– Organización del traslado y alojamiento.
– Aclaración de posibles las dudas.
   De forma más personal, y en quienes se observaban muestras de perturbaciones, se les aclaró hasta qué punto eran una respuesta  normas frente a la situación, etc.
   Uno de los puntos que más reacción provocó fue anunciar la imposibilidad de reconocer los cadáveres por parte de los familiares, a los que se les entregarían los féretros cerrados una vez realizada la identificación por parte de los expertos (médicos forenses y personal policial). Hay que anotar que una razón que subyacía a esta prohibición era el impacto que causaría observar el estado en el que habían quedado los cadáveres.
   Ante esta postura de las autoridades judiciales, algunos familiares expresaron resistencia, pues albergaban dudas sobre la autenticidad de estas identificaciones. Nuestra labor se centró en que los familiares renunciasen a la identificación visual. Para ello se les argumentó tres razones:
– que las autoridades no iban a dar ningún cadáver sobre el que cupiese dudas de su identidad. Y que sería en los casos en los que esta identificación presentase dificultad, cuando se requeriría la ayuda de los familiares.
– Que se les permitiría identificar los efectos personales para que no cupiese duda de la identidad del cadáver.
– Que era mucho mejor para ellos mantener el recuerdo del fallecido en vida que tras el accidente.
   Este último argumento se les daba a los familiares que presentaban más entereza depositando en ellos la tarea de hacerlo comprender al resto de sus familiares.
   A pesar de que ya en Málaga se les había anunciado la falta de supervivientes, los familiares presentaban una resistencia a este hecho hasta que no veían por escrito el nombre del familiar en la lista oficial de fallecido (negación de la realidad).
   Dado que las personas con las que estabamos tratando llevaban varias hora de espera y viaje, una de nuestras ocupaciones fue proporcionarles bebidas y alimentos que, con frecuencia fueron rechazados, por lo que había que romper esta resistencia, sobre todo en casos puntuales como el de una mujer embarazada.
   Otro aspecto que hay que tener presente en estos momentos en los que no ha sido posible una coordinación y en los que los cuerpos de seguridad o los vigilantes privados niegan el acceso a ciertos lugares, es la obtención de documentación identificativa del personal de apoyo expedida por un organismo con suficiente autoridad (Ej. Delegación del Gobierno), que permita el acceso a las zonas donde se precisa nuestra presencia.
   Sin embargo habrá que tener presente que en otras circunstancias en las que nuestro trabajo debe tener un carácter más personal debemos huir de esta identificación, sobre todo si es muy llamativa (como en el caso de los chalecos). Es el caso del acompañamiento e intervención en el duelo y la ceremonia de enterramiento que requieren una mayor intimidad.
   Otro aspecto, también citado por el autor en otros trabajos (Fernández-Millán, 1999) es el buen uso de los teléfonos móviles que, si bien son una herramienta de gran utilidad para el intercambio de información entre profesionales, provocan una sensación de falta de atención hacia las personas con las que tratamos si se usa en demasía o durante situaciones de comunicación directa.

Acompañamiento en el reconocimiento de objetos personales:

Esta labor tuvo lugar la misma tarde del accidente y se realizó en las dependencias de la policía nacional. Nuestra labor se limitó a aconsejar que la identificación la hiciese un miembro idóneo y acompañar en la espera a los demás, lo que aprovechamos para tener un diálogo más personal y familiarizarnos con las reacciones que iban apareciendo.

Notificación oficial de fallecidos:
   Otro momento de intervención, y en el que aparecieron diversas manifestaciones psicológicas, fue durante la espera y en el momento de la notificación oficial en la Delegación del Gobierno de la lista oficial de fallecidos. En nuestra opinión parte de estas alteraciones podían haberse evitado con una mejor organización. Nos referimos al efecto que causó la larga espera, la falta de espacio y la imposibilidad de acomodar a todos los asistentes. Las manifestaciones más destacables fueron la ira, llanto y manifestaciones vegetativas, llegando a un caso en la que se hizo necesaria la intervención farmacológica (ansiolítico) ante el estado alterado de una mujer de mediana edad que desde su llegada había negado la realidad, ira y temblores debidos a la excitación neurovegetativa.
   Nuestra intervención en estos momentos se centró en acompañamiento, relajación (respiración controlada), explicar a familiares de afectados la forma de ayudar a sus seres queridos y las posibles manifestaciones que podían aparecer. Por otro lado se asesoró al equipo de protección civil de la Delegación del Gobierno.
   Otro caso sobre el que se intervino en este y otros momentos, a petición de un familiar (cuñado), fue el de una mujer embarazada que había perdido a su marido y que no manifestaba los síntomas “normales” en estas circunstancias. Su estado se caracterizaba por abatimiento, retardo psicomotor y anhedonia, sin embargo faltaban manifestaciones verbales de tristeza o preocupación, así como el llanto manifestado por la mayoría de los afectados. Nuestro apoyo consistió en escucharla y explicarle la necesidad de exteriorizar sus sentimientos. Posteriormente supimos que al subir al avión acompañando al féretro se produjo el “derrumbe psicológico” característico en personas que mantienen un control excesivo de sus emociones.

Duelo:
   Al día siguiente, una vez se habían reconocido la mayoría de los cuerpos, se improvisó un tanatorio provisional en unas instalaciones de uno de los polideportivos de la ciudad. En este mismo lugar se siguió reconociendo los objetos personales. El hecho de que acudieran numerosos medios de comunicación, el cansancio y, sobre todo, la disposición de todos los féretros en una misma sala, fue provocando la aparición de irritabilidad, estallidos de llanto, que debido a la disposición mencionada (los tanatorios se separaron con biombos), se propagaron siguiendo un efecto “dominó” (Ramos y Fernández-Millán,1999).

   Notificación de la muerte de un ser querido a los niños:  

   Un asunto bastante delicado y que los familiares no suelen realizar de forma correcta, además de crearles una gran ansiedad, es enfrentarse a darle la noticia a un menor de la muerte de un ser querido. Durante la catástrofe que estamos tratando se nos dio el caso en dos ocasiones de familiares que nos preguntaban de una forma más o menos directa por este asunto. En uno de los casos, la madre tardó casi una semana en enfrentarse a la desagradable tarea.
    En estos casos el psicólogo puede actuar directamente, acompañando o siendo él mismo el que notifique la pérdida; pero es mucho más conveniente que sea un conocido, y mejor aún un familiar próximo, el que hable con el pequeño. Siguiendo este principio, nuestra labor se centró en asesorar en cómo debe ser esta comunicación y qué debemos de evitar (Markhan, 1997; Fernández-Millán, 1999).
   Los niños son más “maduros” en estos temas de lo que solemos pensar, por ello no debemos temer ofrecerles esta información agudizando la delicadeza que debe caracterizar siempre a estas noticias. La forma en que se les hable dependerá de la edad del menor, así como de la experiencia y conocimiento previo que el menor tenga sobre la muerte (muerte de algún otro familiar, de una mascota, etc.). En ocasiones habrá que aclararles que, contrariamente a lo que ocurre en las películas, también mueren las personas “buenas” y los jóvenes, lo que puede causarles un sentimiento de miedo que habrá que canalizar.
   Tal como apunto en trabajos anteriores, también aparece la idea de culpabilidad debido en ocasiones a la existencia del  pensamiento mágico (“Un día deseó que su familiar muriera y cree que eso es la causa de que haya ocurrido”).
   Lo que debe caracterizar siempre a este tipo de comunicación es:
– Huir de la mentira.
– Ser francos y confesarles aquellos aspectos que no sabemos explicar.
– Evitar eufemismos como “se ha convertido en un ángel…”, “está en el cielo”…
– No ofrezca falsas esperanzar de regreso del fallecido: "“está de viaje”.
– No presentarle la muerte como similar a un sueño (“está dormido”) que pueden desencadenar problemas del sueño en el menor.
– Expresar sin miedo nuestras emociones (pena).
 

   CONCLUSIONES:

   Desafortunadamente los últimos años, en los que se han producido un número elevado de catástrofes y desastres naturales o provocados por la acción del hombre,  nos están mostrando la necesidad que la población demanda no sólo de un apoyo sanitario que cure sus afecciones físicas, sino la ayuda psicológica que le permita superar estos momentos estresantes que superan su capacidad. Sin embargo aquellos que hayan trabajado en algún momento en uno de estos casos estará de acuerdo conmigo que, afortunadamente, el ser humano es mucho más “fuerte” psicológicamente hablando de lo que en principio podamos creer.
   El psicólogo que tiene un reto ante situaciones como la presentada y en las que se ponen a prueba muchas de sus capacidades, debe tener presente una serie de puntos de partida:
– La necesidad de una formación más específica, la búsqueda de fuentes bibliográficas, congresos, formación postgrado, etc. que mejorará su intervención en unas situaciones de las que apenas se trata durante nuestra formación académica.
– La necesidad de no limitarse a la intervención durante los momentos que siguen a la emergencia, sino de, basándonos en ella, reflexionar e investigar; lo que enriquece nuestra formación y nos ayuda a mejorar en futuras intervenciones.
– La necesidad de que nuestro trabajo se complemente y complemente al de otros profesionales. Al igual que ocurre en otras áreas, es indispensable el trabajo interdisciplinar y coordinado (lo que suele faltar en muchos casos).
– La necesidad de que se cree una mayor concienciación por parte de las autoridades de que nuestro asesoramiento en esos momentos puede serles de gran utilidad. 
 
Bibliografía:

Crocq, L. (1989): Psicología de las catástrofes y de las alteraciones psíquicas. En R. Noto, P. Huguenard y A. Larcan, Medicina en catástrofes. Barcelona: Masson.
Duch, Mª L.; Fortuño, C.; y Lacamba, V. M. (1997): Apoyo psicológico: formación e intervención con el voluntariado en desastres. Papeles del psicólogo, 68, 30-33.
Fernández-Millán, J. M. (1999): Manual práctico de apoyo psicológico en situaciones de emergencia. Granada: Grupo Editorial Universitario.
Fernández-Millán, J. M. (1999): Intervención psicológica con los afectados de una catástrofe: la experiencia en Melilla en noviembre del 97. Suma psicología, vol. 6, 1, 103-110.
Giménez-Torralba, B. (1996): Psicólogos en la catástrofe de Biescas. Papeles del psicólogo, 65, 28-30.
Mrkhan, U. (1997): Cómo afrontar la muerte de un ser querido. Barcelona: Martínez Roca.
Ramos, R.; y Fernández-Millán, J. M. (1999): Cuadros psicológicos. En J. M. Fernández-Millán, Manual práctico de apoyo psicológico en situaciones de emergencia. Granada: Grupo Editorial Universitario.

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2 respuestas a (Trabajo publicado en la revista colombiana “Suma Psicología”, vol. 6, nº 1, 1999 (pp. 103-110)

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